Resumen del libro Divertirse Hasta Morir por Neil Postman

Resumen del libro Divertirse Hasta Morir por Neil Postman

Resumen corto: Divertirse hasta morir nos explica la historia de los medios de comunicación en un intento por demostrar cómo ha ido aumentando la importancia que le damos al entretenimiento, hasta el punto en que nuestra adicción a estos ha llegado a afectar a nuestra libertad de pensamiento. Por Neil Postman

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El telégrafo y la fotografía destriparon a la información de la dimensión del contexto

A mediados del siglo 19 la tecnología del telégrafo los hizo mucho más comunes y esto los convirtió en un método de comunicación cada vez más popular.

Y como no, permitía que personas que estuviesen a miles de km de distancia pudiesen comunicarse y eso optimizar mucho el desarrollo de la sociedad.

Esta velocidad que nos ofrecía el telégrafo dio lugar a la posibilidad de hablar no solo de mensajes que fueran absolutamente necesarios o que llegasen cada x tiempo como era el caso de las cartas, sino que empezamos a conseguir mensajes que llegaban varias veces al día.

Y cuando tenemos la posibilidad de hablar varias veces al día, como vemos hoy en día con Whatsapp, lo único que ocurre es que empezamos a dedicar más tiempo a hablar de cosas que no tienen gran relevancia.

Nos empezamos a dedicar más al entretenimiento y no solo a discutir temas de peso.

El telégrafo fue el primer indicio de lo que hoy en día, 200 años más tarde, se ha convertido en una gran adicción, la adicción a la comunicación y las redes sociales.

La otra tecnología que se empezó a desarrollar a la vez fue la fotografía. Sabemos que las palabras se pueden tergiversar, que no todo lo que oímos es verdad y lo fácil que es mentir.

Esto hizo que el desarrollo de la fotografía nos diese una nueva herramienta mucho más fiable. Una fotografía vale más que mil palabras o al menos eso pensábamos en un principio, hasta que empezamos a darnos cuenta de que las fotos carecen de contexto

Y la carencia de contexto desata nuestra imaginación y con nuestra imaginación se expanden las posibilidades para el entretenimiento.

Con una fotografía aunque lo que aparece es ‘’verdad’’, lo que sacamos de la situación depende de nosotros y por lo tanto nos atrae porque podemos elegir la respuesta que más nos gusta, la que más nos enfada o cualquiera que nos entretenga.

Con el desarrollo de ambos tipos de comunicación ganamos velocidad, ganamos información y a su vez perdimos contexto y en el proceso creamos las nuevas drogas del siglo 21 los likes y las redes sociales que nos proveen chutes de dopamina.

Todo lo que vemos en la televisión, y ahora internet, está tan controlado que es difícil aprender que es ‘’cierto’’

La televisión fue el próximo paso. Consiguió juntar la velocidad de los telegramas y la multitud de posibilidades y atracción de las fotografías para dar lugar con ello a una nueva herramienta que nos entretenía hasta consumirnos.

Su capacidad para afectar a múltiples de nuestros sentidos y a su vez la velocidad con la que se dan los cambios en la pantalla llevan a que seamos incapaces de apartar la mirada y que sin darnos cuenta perdamos minutos e incluso horas cada día.

Y esto solo empeoró con el tiempo debido a que los incentivos económicos llevaban a hacer programas que eran cada vez más atractivos, cada vez más adictivos y que nos consumen un poco más cada vez.

La televisión es el opio moderno

Tanto el concepto de utopía como el concepto de distopía son ideas en las que, como especie, hemos tenido un gran interés.

Siempre hemos querido pensar en cómo podría llegar a ser un mundo ideal, y en cómo podría ser un mundo que intentando llegar a ser ideal acabase siendo únicamente nuestra perdicion

Dos de los libros más populares que tratan estos temas son ‘’Un Mundo Feliz’’ por Aldous Huxley y 1984 por George Orwell

El primero nos presenta un mundo en el que la gente ha sido adormecida, hasta el punto de perder su individualidad, por la mentalidad del consumo ante todo y la búsqueda del placer.

Mientras que en el segundo nos presenta un mundo controlado por un régimen absolutista que controla nuestros movimientos

Ambos presentan mundos que podrían haber acabado en utopías pero que dieron lugar a distopías.

Aunque, a simple vista, podría parecer más fácil que acabemos en un mundo como el descrito por George Orwell, y se podría decir que estamos en proceso, en realidad la amenaza más cercana es el ‘’Mundo Feliz’’. 

En realidad estamos en proceso de acabar en una distopía que resulta de la mezcla de ambos mundos.

Y según el Neil Postman, estamos mucho mas proximos a un mundo en el que perderemos nuestra independencia debido a nuestra adicción a los medios es lo que pasara primero

El peligro de no controlar nuestro piloto automático

Si alguna vez hemos visto series en servicios como Netflix o Hulu, probablemente sepamos lo que sucede cada vez que terminamos un episodio. Tan pronto como una termina, empieza la siguiente. Como resultado desarrollamos el hábito de ver series o películas en exceso. 

Los psicólogos llaman a este proceso de empezar episodios de forma automática, una fuerza impulsora. En pocas palabras, una fuerza impulsora es un aspecto de nuestro entorno que nos anima a comportarnos de cierta manera, en este caso, a ver series

El término fuerza motriz fue acuñado por el psicólogo germano-estadounidense Kurt Lewin. Lewin argumentó que el comportamiento es una función de una persona y su entorno. Según él, el comportamiento humano está determinado por dos tipos de fuerzas: las fuerzas internas (los miedos y deseos) y las fuerzas ambientales externas que ejerce el mundo que nos rodea.

La fuerza impulsora que nos anima a actuar de determinadas formas, y es uno de los tipos de fuerzas externas que usan muchas empresas. Otro tipo de fuerzas que podemos encontrar son las fuerzas restrictivas, que evitan que hagamos ciertos comportamientos.

Un ejemplo serían las leyes contra fumar en lugares públicos. Al hacer que fumar sea menos cómodo, estas leyes actúan como fuerzas restrictivas sobre el hábito de fumar. La autora nos recomienda aprovechar el poder de las fuerzas impulsoras y las fuerzas restrictivas para cambiar nuestros hábitos. 

Si tenemos el hábito de usar nuestro teléfono incluso cuando queremos trabajar, podemos añadir capas de fricción para reducir la probabilidad de hacerlo. Por ejemplo, podríamos dejarlo en otra habitación, o apagarlo. Cualquiera de estos dos nos ayudará a reducir la probabilidad de usarlo y nos ayudará a centrarnos. El pequeño inconveniente de tener que buscar en nuestro teléfono hará que revisar nuestros mensajes sea un poco menos atractivo, dándonos la oportunidad de abordar nuestro mal hábito. El truco consiste en hacer de nuestro entorno un aliado para desarrollar los hábitos que necesitamos para cumplir nuestras metas.

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